Las entidades fiscalizadoras son garantes de la transparencia y la rendición de cuentas en muchas sociedades del mundo. Sin embargo, y durante demasiado tiempo, su labor ha permanecido eclipsada por un lenguaje denso, referencias jurídicas y una jerga técnica que, para el público en general, resulta prácticamente inaccesible. Pese a que los informes de auditoría contienen hallazgos que afectan a todos los ciudadanos -desde retrasos en el transporte público hasta carencias en los sistemas sanitarios-, la mayoría de la gente nunca los lee. En unos tiempos en los que se espera que la información sea inmediata, visual y resuene a nivel emocional, las entidades fiscalizadoras a escala internacional deben reimaginar la forma en la que presentan su trabajo.